Humor popular, adaptado al estilo Wimpi


Y al tipo se le pasó la hora en el boliche. Y no es que fuera un mal tipo, ni siquiera un borrachín al que no le dura ni cinco días el sueldo. No, era un tipo de lo más normal. Tan normal, que había llegado a un acuerdo con la patrona. Una especie de límites horarios, los cuales no debían ser violados para evitar las consecuencias. Llegada antes de la medianoche, ningún problema. Después de la medianoche, y antes de la una, reproches y abstinencia sexual de tres días. Con aumento de la pena de un día adicional por cada media hora de retraso. Llegada después de las cuatro de la mañana, y luego de los gritos de rigor, a dormir afuera.
Esa noche, el encuentro con un viejo compañero que hacía muchos años que no veía.
—Sírvale una —se dirige al dueño del local.
—¿Y pa’la barra no hay nada? —se hacían sentir los amigotes que despuntaban un truco en la mesa de lata, apuntando los tantos con granos de maíz.
—Y ya que estamos, tómese otra, no se vaya rengo —la clásica muletilla para retener a los apurados.
Y el tipo invitó, pago, aceptó invitaciones, y volvió a invitar, ganó y perdió al truco, y se enteró de vida y obra de los parroquianos, escuchó por enésima vez las mismas anécdotas de los habituales del boliche y las festejó como si nunca las hubiera oído, filosofó sobre el sentido de la vida, la muerte, el trabajo y los boniatos zanahoria. Hizo todo lo de siempre, menos mirar la hora. Y el tiempo, ese río de constante fluir que no vuelve atrás, según dijo un filósofo, pasó rápido e incontenible. Una mirada distraída al reloj lo puso en alerta y lo obligó a fijar la vista: ¡las cuatro menos cuarto! Con el resto de la conciencia que aún conservaba sobria, digamos un cinco por ciento, pagó la cuenta, se despidió a los apurones para no verse tentado a otra ronda —Mañana la seguimos —y se dispuso a caminar las cinco cuadras que separaban el “Café y Bar” de su casa. Tuvo suerte de embocar con la llave a agujero de la cerradura al primer intento, no era fácil. Se alivió cuando vio las luces apagadas, el interior de su pequeño apartamento apenas iluminado por el resplandor de una lámpara de sal del Himalaya. Experimentado en estas situaciones, se quitó los zapatos para no hacer ruido. Como un criminal que cubre las huellas delatoras, se dirigió al reloj de pared “made in china” alimentado con pilas alcalinas triple A, cuyas agujas sobresalían de la esfera que representaba una imagen de París, torre Eiffel incluída, y ni corto ni perezoso, hizo retroceder el tiempo como si de un físico cuántico se tratara, con el simple truco de empujar las agujas hasta marcar las once y cincuenta. Luego se acercó al lado izquierdo de la cama que compartía con su esposa, se quitó la ropa poniendo en la tarea más cuidado que un cirujano a punto de efectuar una intervención a corazón abierto, y sintió una sensación de alivio mayúsculo cuando por fin colocó su adolorida cabeza en la almohada. Y en ese momento se produjo la temida reacción.
—¡Te voy a matar, Borracho, éstas no son horas de venir, Degenerao, Hijo’e Puta! ¡Te vas a dormir al patio!
—Pero ¡qué decís! Si me he comportado como un santo, solo me falta la coronita. ¡Fijate la hora, no son las doce de la noche todavía!
Incrédula, la mujer mira el reloj, cómplice involuntario de la puesta en escena, y todos sus argumentos de desbarataron. Sintió vergüenza por haber dudado de su esposo, se creyó una porquería de persona, un ser despreciable.
—Pah, tenés razón, me parecía que era mucho más tarde. No sé, tal vez estoy muy cansada. Perdoname por favor.
—¡Perdonarte! Ja, ¡no sabés con quién te estas metiendo vos! —el tipo iba agarrando viento en la camiseta—. Siempre me estás reprochando, siempre soy yo el degenerao, el que hago las cosas mal. Pero a partir de hoy, ¡sanseacabó! Y andá a buscarme un vaso de agua a la cocina, que tengo mucha sed.
Acobardada y humillada, la mujer se levanta despacio, se muerde los labios para no gritar de dolor al patear descalza y con el dedo chico del pie derecho una pata de la cama, y obediente sale a cumplir con el pedido. Se cubre el pecho para no sentir el frío húmedo con el que la heladera la recibe al abrir la puerta, y sin proponérselo siquiera, desvía la vista hacia el parpadeante reloj del microondas, donde luminosos filamentos amarillos dibujaban el número que la trajo a la realidad de un solo golpe. “¡Pero soy una pelotuda!” pensó. Despejadas las dudas, dejó el vaso en la mesada, y con pasos firmes y marciales se acercó raudamente al dormitorio, donde su marido la espera con la sonrisa socarrona de quién se cree vencedor.
—¡Vos me querés tomar por una gil, borracho de mierda. Te voy a reventar! ¡Son las cuatro de la mañana!
—¡Que lo parió, mirá que sos inservible! ¡Cuatro horas pa’traerme un vaso de agua!
Hugo Bordahandy