En un lugar que no tiene un río que lo bendiga hay un caudal que va y viene ofreciendo su agua amiga.
Ha sido un río su escuela y sus niños un torrente que bullicioso revela las bondades de su gente
que hace poesía con la prosa de la vida cotidiana llena de amor por sus cosas.
Escuela-río y lugar, que al nacer cada mañana han de volver a empezar.
Noviembre 2007
Ese soneto nació en un momento muy especial, que traté de explicar en esta carta que le envié a Carlitos Melazzi, con el que hemos compartido tantas cosas que ni él ni yo podríamos recordarlas todas.
Querido Capitán: El mismo día en que recibí el primer aviso de los 100 años de la Escuela Nº 9 – fue el 30 de septiembre pasado – nació ese soneto de homenaje personal a esa inolvidable Casona de patio grande, a la que yo iba a jugar en el horario de clase como alumno, y a cualquier hora como amigo de Franklin.
Allí, Doña Lilí, madre de Franklin y emblemática Directora de la Escuela, nos invitaba con algo y nos daba consejos, mientras cuidaba a César que era más chico. Algunos años después aparecería Cristina, para completar la familia del Flaco Cendoya.
Y, así como salió, ese soneto quedo guardado.
En todo este tiempo me han vuelto a la mente varias veces los recuerdos de aquellos años de la infancia cardonense; los rostros queridos de mis maestras (María Esther Vaneiro de Rodríguez que tuve en segundo año, fue mi primera maestra en la Escuela Pública, porque yo hice Jardín y Primer Año en el Colegio de las Hermanas; ella me marcó con su bondad, además de hacerme creer que era muy inteligente. Quita Silva, también inolvidable, fue mi maestra de Tercero; Joaquina Apezteguía, fue mi maestra de Cuarto hasta mitad de año, porque justo ahí se jubiló y a mí me gustaba decir que cuando me tuvo como alumno se sintió realizada y se jubiló; en lugar de Joaquina vino una maestra jovencita de Mercedes, recién recibida, era una morocha preciosa y creo que era de apellido Bértola – no estoy seguro – ; en quinto tuve a Doña Graciela Fernández, la madre de Pimpina, y en sexto a la que recuerdo cada 22 de Julio, que es el día de su cumpleaños: Lidya Bordagorry, entrañable, temperamental, sencillamente admirable. Con ella preparamos los festejos del Cincuentenario en 1953, con trabajos en madera calada y con ella también aprendí a encuadernar; encuaderné un «Tabaré» que era de ella y cuando lo terminé me dijo: “Winston, quedó precioso, pero no te lo puedo regalar porque es uno de los libros que más quiero”.
Por supuesto que, además de Franklin, también he estado «viendo» desde el corazón (etimológicamente, recordar es volver a pasar por el corazón) las caras de aquellos compañeros y compañeras con los que compartíamos clases y recreos: El Chueco Rey, el Pocho Straneo, Pimpina Zaugg, Susana Romero – “la Gallega Ventarrón” que revolucionaba toda la clase con su túnica almidonada y sus trenzas – Gloria Silva que cumple el mismo día que yo, el Gordo Peña, Oscar Gerber, Pedro Heber…
Lo guardé al soneto porque me parecía muy poca cosa. Además de las limitaciones propias de un «versero de pueblo», es tarea imposible meter en los 14 versos de un soneto todo lo que uno quiere transmitir.
Pero hoy sentí la necesidad de compartir esa idea que surgió y que me gustó mucho, que es pensar que nuestra vieja y querida Escuela Nº 9 ha sido para Cardona “el río que la naturaleza no le dio”.
Y la verdad que, si lo miramos así, tendríamos que estar muy agradecidos del «Río que nos tocó».
A esta hora todavía deben estar festejando en el también inolvidable Centro Democrático.
El abrazo de siempre, y como en aquellos tiempos de la túnica y la moña.