Hugo Bordahandy

Todo a veinte

—¡Atención, atención! —vociferaba el altavoz de la propaganda rodante, un eterno mensaje repetido una y mil veces, informando sobre las ofertas más variopintas a los sufridos caminantes de las calles céntricas de la ciudad. —¡Todo a veinte!…¡Tooodo a veinte!, a veinte pesitos; venga, señora, acérquese, señor, revuelva y encuentre todo a veinte en Supermercados “La Felicidad”.

Etelvina tomó nota mental de las ofertas. Si bien no tenía problemas económicos, su olfato de ama de casa de toda la vida la hacía una experta en descuentos, premios, sorteos, pichinchas y otras tentaciones que ofrecen los comercios en una feroz competencia por la fidelidad del cliente. Cuando falleció su esposo, el Dr. Zelaya, quedó con algunos ahorros, una sólida casa que había oficiado de estudio jurídico en lo que sería el comedor y una casita modesta en La Floresta.

Etelvina nunca había dejado que el personal del servicio doméstico —una joven que ayudaba en las tareas de la casa tres veces por semana— le hiciera las compras. El trayecto a los comercios de la zona, últimamente en taxi, la búsqueda de la “oferta de la semana”, de las gangas, de los mejores precios era para ella una obsesión, y un tema de conversación con sus amigas en el infaltable té de los viernes, donde, entre infusiones y galletitas dulces, hablaban de las relaciones interpersonales, de los hijos, de los nietos, de la soledad. Cuando la temática se enfocaba en la familia, Etelvina hablaba con orgullo de su hijo, diputado suplente que había incursionado alguna vez en la cámara. Si de carestía y compras se trataba, pasaba a enumerar los detalles sobre los comercios con mejores precios, descuentos por compras, promociones y otras ayudas que creía le significaban un engañoso ahorro en sus gastos mensuales.

—Espéreme un rato, no más de media hora —le dijo Etelvina a Antonio, el taxista que la acercó al supermercado “La Felicidad”, mientras intentaba adivinar dónde habrían puesto el recipiente con los productos a veinte pesos. Tres veces a la semana, la misma rutina. Antonio la pasaba a buscar por su casa, y recién allí bajaba la bandera del taxi. Este detalle no pasaba inadvertido para la pasajera, que calculaba mentalmente el ahorro en fichas y en pesos que esto le podía significar. El taxista le ayudaba a cargar con los bolsos casi repletos de mercaderías y pacientemente la llevaba a los distintos comercios donde las ofertas fueran más llamativas. Antonio conocía las costumbres de su clienta, pero nunca le insinuó siquiera que el ahorro que significaba la búsqueda del mejor precio o la promoción más impactante no compensaba de ninguna manera el costo del transporte, tiempos de espera incluidos.

A la puerta de acceso al comercio, algunos salían con cara de preocupación, planificando mentalmente las renuncias en compras que debían hacer para llegar a fin de mes con sus menguadas existencias monetarias.

Julián ingresó lentamente al comercio, arrastrando los pies y estorbando el paso ágil de Etelvina. A ella le pareció familiar el rostro del hombre, y creyó recordar a alguno de los clientes pobres que a veces atendía su marido en la oficina comedor de la casa. A pesar de que los años lo habían encorvado visiblemente, Julián lucía alto, aunque muy deteriorado. Los pantalones manchados de cal y de pintura indicaban su profesión. Una desgastada camisa tartán, mal abotonada, y unas zapatillas baratas, rotas y con rastros de cemento portland en los costados completaban su vestimenta. Aparentaba ser octogenario, aunque los golpes de la vida agregan años a los sumados por el calendario. Albañil desde que tenía recuerdos, la falta de aportes a la seguridad social, mal aconsejado por los patrones de la época —para qué vamos a ponerte en caja, cuando llegue el momento se verá— no le había permitido disfrutar de la jubilación que se merecía. Siguió trabajando mientras las menguadas fuerzas de su cuerpo lo soportaron. Luego vino el trámite de la “pensión a la vejez”, que el Dr. Zelaya le gestionó, pagando como honorarios profesionales la retroactividad de diez meses que había recibido. Y el Dr. le había hecho precio, teniendo en cuenta que Julián fue uno de los trabajadores de aquella empresa de construcción que levantó los cimientos de su casa familiar.

Julián saludó con un leve movimiento de cabeza a Etelvina, quien no contestó. El calor y el murmullo, acentuado por un repetitivo ritmo de un reggaetón que sonaba insistente en los altoparlantes del comercio, le resultaron insoportables. Esa puntada en el pecho lo tenía preocupado desde hacía varios días. Había pedido una consulta médica en el hospital de la zona, obteniendo un turno para dentro de cuatro meses. La noche la había pasado mal, había dormido apenas. La arritmia y el dolor habían cedido en la mañana, y entonces Julián decidió comprar algunos alimentos. Desde que falleciera su esposa, había aprendido sobre las tareas del hogar. Sus escasos ingresos lo obligaron a elegir cuidadosamente los productos; supo de los cortes de carne más económicos, ignoró la calidad del aceite, buscó el vino más barato, aprovechó algunas ofertas.

El dolor en su pecho se acentuó. Julián se apoyó en el soporte de una góndola, justo frente a la cesta de cartón que lucía pomposamente carteles de “Todo a veinte”. El desenlace fue fulminante. Julián cayó pesadamente, arrastrando en su caída algunas latas de arvejas y porotos de manteca. Apenas tuvo tiempo de recordar su vida, de pensar en sus hermanos cuando hacían frente a la pobreza, aprendiendo todos el oficio de su padre, en su juventud, con su esposa, respirando pobreza, viviendo pobreza. La muerte le mostró fugazmente vanos recuerdos de la película de su vida que osciló siempre entre la escasez y la miseria. Quedó tendido cuan largo era. Con los ojos abiertos, incrédulos aún por lo repentino del suceso. Una mano pegada al pecho, la otra aferrada desesperadamente a un paquete de arroz, la cabeza entre los fideos y los potes de mermelada que acompañaron su caída, la cara salpicada por la harina derramada que intentaba ocultar el espectáculo. Un último estertor, una pierna que se estiró bruscamente y una inexpresiva lividez en el rostro terminaron de poner un marco tétrico a la escena. Por un momento, se produjo un silencio apenas disimulado por el reggaetón y el sonido de una lata de sardinas que no paraba nunca de rodar.

—¡Un médico, por favor! —se oyó gritar a alguien.

Etelvina arrastró su carrito de compras hasta la zona de ofertas. Corrió con su pie derecho una pierna de Julián, que en la posición en la que había quedado le interrumpía el paso, tomó una lata de tomates en conserva, a veinte pesos, y se dirigió raudamente hacia el sector de cajas.

Tragedia ¿Evitable?

Triste. Muy triste al escribir estas líneas. En un residencial de Treinta y Tres, el destino se ensañó y se cobró la vida de 10 personas mayores residentes del lugar. Es escalofriante el número de víctimas fatales. Y eran 10 los residentes. Todos muertos. Nadie se salvó. Y este detalle, que parece secundario, es lo que dimensiona la tragedia. No hubo sobrevivientes. Este hecho, que es tan llamativo como el conteo de las víctimas fatales, marca que estaban en una trampa mortal, por lo menos en las horas de descanso al momento de desencadenarse el incendio. Una funcionaria hizo lo posible y lo imposible por salvarlos. Hoy me preocupa la estabilidad emocional de esta joven después de la horrible experiencia. ¿Habrá visto cuando los bomberos sacaban los cuerpos sin vida de aquellos que unas horas antes habían festejado un cumpleaños? ¿A los que habían sido visitados por el cura párroco del lugar, con sus mensajes de amor y esperanza? ¿A la persona que, un día antes del fatídico domingo, decidió mudarse al hogar del horror?

Y la pregunta que ronda en todos nosotros. ¿Era evitable la tragedia? Tal vez no, muchas veces los accidentes ocurren y están fuera de cualquier previsión que pueda hacerse al respecto. Con la poca información de la que se dispone, es muy fácil conjeturar, teorizar y principalmente, culpar. Si lográramos encontrar un culpable, entonces enfocaremos en él toda nuestra ira y nos sentiremos más aliviados. Pero creo que esta no es la actitud. Por supuesto que si hubo responsabilidades por desidia, omisión o cualquier otra causa, la justicia debe actuar y los culpables deberán responder por sus acciones o inacciones. Pero este espantoso desenlace no puede pasar en vano. Lamentarnos y seguir sin cambios es simplemente esperar a tener que lamentar otros casos que se puedan presentar en el futuro. Hace no más de una semana, en la ciudad de Melo, otro incidente similar terminó con la vida de otras dos personas. ¿Debemos esperar más?

Probablemente nuestra idiosincrasia tan del “más o menos”, “atalo con alambre”, “metro más, metro menos” no nos haga conscientes de los peligros que hemos tomado muchas veces. Por algo, tenemos más de cuatrocientos fallecidos en accidentes de tránsito, la mayoría de ellos a causa de la imprudencia en el manejo, falta de mantenimiento en el coche o rutas en mal estado. Es decir, tragedias evitables.

En los Estados Unidos de América, existe a mi criterio una exagerada y peligrosa judicialización de la mayoría de los conflictos. Pero esto, que alimenta una industria del juicio malicioso y con el único objetivo de obtener dinero fácil (ej. caso Stella Liebeck contra McDonald’s, conocido como el de la anciana del café), tiene como ventaja que la gente, especialmente las empresas se cuidan mucho de no provocar daños, a fin de evitar demandas millonarias. Pero en nuestro país, donde todos nos conocemos, donde la justicia es lenta y costosa, las demandas por daños producidos por errores o negligencia empresarial son los menos, que cuando una empresa pierde un juicio, generalmente se declara en quiebra, cierra y los demandantes no cobran casi nada. Y muchas veces los familiares de las víctimas quedan estigmatizados socialmente sin ganan un juicio millonario, porque se los ve como aprovechadores a quienes solo les importa el dinero. En fin, sé que es otra sociedad, y no me gustan los abusos que se puedan dar por judicializar absolutamente todas las relaciones humanas, pero a veces habría que marcar algún antecedente para no estar tan desprotegido. Y quién determine la culpabilidad o no de los responsables, será en último término la justicia.

La investigación que realice las autoridades (bomberos, MSP, y las que correspondan), deberán tener varios objetivos. Pero el más importante, a mi criterio, es determinar a ciencia cierta cual fue el origen del incendio, y qué debe hacerse para minimizar la repetición de estos casos. Y pongo como ejemplo la actuación de las autoridades aeronáuticas cuando investigan un accidente de aviación. Cuando esto sucede, comisiones de expertos nombrados por los gobiernos y las empresas involucradas en el accidente, las empresas constructoras y los organismos de regulación aérea (Federal Aviation Administration, FAA en los Estados Unidos) no paran hasta determinar las probables causas del accidente en cuestión, ya que cuentan con los recursos técnicos, conocimiento y financiación para ello. Muchas de las conclusiones de estos organismos han servido para modificar procedimientos de fabricación de partes, controles, manuales de uso, certificaciones de pilotos y reglamentos de vuelo. Todo ello en pos de la seguridad de la aviación, lo que ha significado que el transporte aéreo sea casa vez más seguro. Si bien el objetivo final es económico (a las empresas les cuesta muchísimo un accidente en indemnizaciones, pérdidas de prestigio y disminución de venta de pasajes por mala fama), el efecto logrado es que el pasajero viaja en un medio de transporte con una muy baja probabilidad de accidentes mortales.

Volviendo al punto, lo más importante entonces en la investigación de las autoridades, es evitar que se sigan sucediendo estas desgracias, tanto en residenciales como en otros lugares donde cohabiten varias personas. Voy a poner algunos problemas y sus posibles soluciones.

1) La mayoría de los residenciales no cuentan con la habilitación del MSP.

Esto es grave. No deberían estar permitidos. Con trámite de habilitación pendiente, podrían funcionar, pero los plazos de cumplimiento de las etapas burocráticas deberán ser perentorios. El MSP deberá priorizar la ejecución de los trámites, y controlar concienzudamente el cumplimiento de todas las obligaciones contraídas. Y tener un plan de inspecciones efectivas con periodicidad no mayor a dos años.

2) La mayoría de los residenciales no cuentan con habilitación de Bomberos.

Complejo de solucionar, ya que muchos residenciales se establecen en construcciones antiguas, generalmente en casas de familias que se construyeron mucho antes de que existieran dichas habilitaciones. Además, esas casas se diseñaron para familias numerosas, pero no siempre son aptas para la cohabitación de personas con otro tipo de relacionamiento, donde las exigencias de espacio y privacidad son otras, donde muchos residentes no son autoválidos, o tienen problemas de movilidad graves. Considerando los riesgos, y al presentarse una problemática de difícil solución, el estado debería dar facilidades, como por ejemplo, que el trámite sea gratis (puede costar más de 1.000 dólares en predios grandes), y que las modificaciones edilicias necesarias sean financiadas con créditos muy blandos por parte de la banca oficial (BROU o BH). No deberían habilitarse residenciales que no tengan una salida alternativa a la principal, o que las puertas de acceso queden cerradas de tal manera que impidan un escape. Es muy común que las llaves de acceso estén fuera del alcance de los residentes. Medida que se toma para evitar situaciones enojosas con personas con algún problema psíquico, pero que se transforma en trampa mortal en caso de incendio.

3) Faltan elementos básicos de detección y extinción de incendios.

Elementos electrónicos como detectores de humo o similares no tiene un costo de instalación y mantenimiento muy elevado, y ayudan muchísimo a la detección temprana de incendios, cuando todavía el fuego puede ser sofocado. Aún sin la habilitación de bomberos, estos elementos deberían ser instalados de manera obligatoria para que el residencial pueda funcionar.

Elementos manuales de sofocación de incendios, como los bomberitos, deben estas instalados en lugares estratégicos y debidamente marcados. Los bomberitos deben ser revisados periódicamente evitando llegar a la fecha de vencimiento del gas (dos años en la mayoría de los modelos). Tanto el personal del residencial como los residentes que no tengan impedimentos físicos deberán estar entrenados en el uso de estas herramientas.

4) Las fuentes de calefacción en invierno son un elemento de riesgo.

Se menciona como causa probable del incendio del residencial de Treinta y Tres la caída de una brasa desde una estufa a leña. Este tipo de calefacción es intrínsecamente peligroso si se deja encendido sin atención. Se deberá obligar a los establecimientos a poner un “chispero” o rejas de contención que eviten la caída de brasas o astillas ardiendo hacia afuera de la estufa. Solución elemental y barata. O directamente, prohibir su uso, o transformarlas en estufas de alto rendimiento o pellets. No olvidar además que la calefacción mediante estufas abiertas es la forma más costosa de calentar un ambiente.

5) La instalación eléctrica no siempre está en condiciones adecuadas.

Sin palabras. Es inaudito que no se tomen precauciones elementales, tales como enchufes en condiciones, cableado con el grosor exigido por Ute, usar alargues apropiados cuando sea necesario, no sobrepasar la potencia soportada por los enchufes haciendo redes de alargues con varios elementos de alto consumo (estufas eléctricas), instalación de llaves diferenciales, etc. Más allá de las disposiciones técnicas de seguridad exigidas por Ute, y que deben ser inspeccionadas periódicamente, hay temas de sentido común que toda persona sin preparación específica en instalaciones eléctricas debería entender.

En fin, tuvo que suceder el desastre de Cromañón para que los boliches y las autoridades argentinas tomaran conciencia del riesgo del fuego. Espero que el lamentable sacrificio de 12 personas (10 en Treinta y Tres, 2 en Melo) nos haga más exigentes con las condiciones mínimas de seguridad que debemos tener cuando elegimos, para nosotros o nuestros familiares, una residencia digna y segura.

Dejo sin mencionar aquí a aquellos emprendimientos totalmente irregulares, que no cumplen las más elementales normas de seguridad ni de higiene. Personas abandonadas por familiares y el mundo a simples depósitos humanos, donde la atención médica es insuficiente, donde se deshumaniza la ancianidad y la enfermedad, y los residentes son simples fuentes de ingresos (muchas veces exiguo, una pensión, una jubilación mínima). Como sociedad, deberíamos condenar estas prácticas, y todos los partidos políticos deberán comprometerse a diseñar soluciones que contemplen estos casos. Quizá el Plan Nacional de Cuidados es un avance en este sentido, al igual que el Cupo Cama del BPS, pero que han resultado insuficientes ya que no han logrado reducir significativamente la triste realidad de personas que, por circunstancias de la vida, terminan en estos depósitos pretendidamente humanos.

Hugo Bordahandy

El Especial de Medianoche

Midnight Special

…… Deja que el Especial de Medianoche me ilumine

En el año 1969, el grupo californiano Creedence Clearwater Revival edita un álbum llamado Willy and de Poor Boys. Este disco es especial en la producción del grupo, ya que integraron canciones tradicionales como Cotton Fields (Campos de Algodón) y, en la cara B, la legendaria Midnight Special (El Especial de Medianoche).

Minuto bisiesto

El 31 de diciembre del año 2016 fue un largo día. Efectivamente, ese día hubo un minuto de 61 segundos. Los relojes marcaron la hora 23:59:59. Un segundo más tarde, serían las 23:59:60. Y finalmente, un segundo después de esta “hora rara”, se pasó a las 24:00:00, o cero hora del día siguiente. La razón: fue la fecha marcada por la IERS (International Earth Rotation Service) para compensar las diferencias producidas por pequeñas alteraciones en la velocidad de rotación de la tierra debidas a las mareas, terremotos y otras alteraciones físicas, con los relojes atómicos que se toman como medida oficial del tiempo.

Un vaso de agua

Humor popular, adaptado al estilo Wimpi

Y al tipo se le pasó la hora en el boliche. Y no es que fuera un mal tipo, ni siquiera un borrachín al que no le dura ni cinco días el sueldo. No, era un tipo de lo más normal. Tan normal, que había llegado a un acuerdo con la patrona. Una especie de límites horarios, los cuales no debían ser violados para evitar las consecuencias. Llegada antes de la medianoche, ningún problema. Después de la medianoche, y antes de la una, reproches y abstinencia sexual de tres días. Con aumento de la pena de un día adicional por cada media hora de retraso. Llegada después de las cuatro de la mañana, y luego de los gritos de rigor, a dormir afuera.

Cuando el software se tejió (literalmente) en la memoria de un computador.

A principios de los años 60 del siglo pasado, en plena guerra fría, se daba inicio a la carrera espacial entre las potencias de ese momento, los Estados Unidos de América (USA) y la URSS, en su competencia para llevar al hombre a la luna. En USA se creó el proyecto Apollo, que finalmente cumpliría su objetivo el 21 de julio de 1969.

Scroll al inicio