Todo a veinte

—¡Atención, atención! —vociferaba el altavoz de la propaganda rodante, un eterno mensaje repetido una y mil veces, informando sobre las ofertas más variopintas a los sufridos caminantes de las calles céntricas de la ciudad. —¡Todo a veinte!…¡Tooodo a veinte!, a veinte pesitos; venga, señora, acérquese, señor, revuelva y encuentre todo a veinte en Supermercados “La Felicidad”.
Etelvina tomó nota mental de las ofertas. Si bien no tenía problemas económicos, su olfato de ama de casa de toda la vida la hacía una experta en descuentos, premios, sorteos, pichinchas y otras tentaciones que ofrecen los comercios en una feroz competencia por la fidelidad del cliente. Cuando falleció su esposo, el Dr. Zelaya, quedó con algunos ahorros, una sólida casa que había oficiado de estudio jurídico en lo que sería el comedor y una casita modesta en La Floresta.
Etelvina nunca había dejado que el personal del servicio doméstico —una joven que ayudaba en las tareas de la casa tres veces por semana— le hiciera las compras. El trayecto a los comercios de la zona, últimamente en taxi, la búsqueda de la “oferta de la semana”, de las gangas, de los mejores precios era para ella una obsesión, y un tema de conversación con sus amigas en el infaltable té de los viernes, donde, entre infusiones y galletitas dulces, hablaban de las relaciones interpersonales, de los hijos, de los nietos, de la soledad. Cuando la temática se enfocaba en la familia, Etelvina hablaba con orgullo de su hijo, diputado suplente que había incursionado alguna vez en la cámara. Si de carestía y compras se trataba, pasaba a enumerar los detalles sobre los comercios con mejores precios, descuentos por compras, promociones y otras ayudas que creía le significaban un engañoso ahorro en sus gastos mensuales.
—Espéreme un rato, no más de media hora —le dijo Etelvina a Antonio, el taxista que la acercó al supermercado “La Felicidad”, mientras intentaba adivinar dónde habrían puesto el recipiente con los productos a veinte pesos. Tres veces a la semana, la misma rutina. Antonio la pasaba a buscar por su casa, y recién allí bajaba la bandera del taxi. Este detalle no pasaba inadvertido para la pasajera, que calculaba mentalmente el ahorro en fichas y en pesos que esto le podía significar. El taxista le ayudaba a cargar con los bolsos casi repletos de mercaderías y pacientemente la llevaba a los distintos comercios donde las ofertas fueran más llamativas. Antonio conocía las costumbres de su clienta, pero nunca le insinuó siquiera que el ahorro que significaba la búsqueda del mejor precio o la promoción más impactante no compensaba de ninguna manera el costo del transporte, tiempos de espera incluidos.
A la puerta de acceso al comercio, algunos salían con cara de preocupación, planificando mentalmente las renuncias en compras que debían hacer para llegar a fin de mes con sus menguadas existencias monetarias.
Julián ingresó lentamente al comercio, arrastrando los pies y estorbando el paso ágil de Etelvina. A ella le pareció familiar el rostro del hombre, y creyó recordar a alguno de los clientes pobres que a veces atendía su marido en la oficina comedor de la casa. A pesar de que los años lo habían encorvado visiblemente, Julián lucía alto, aunque muy deteriorado. Los pantalones manchados de cal y de pintura indicaban su profesión. Una desgastada camisa tartán, mal abotonada, y unas zapatillas baratas, rotas y con rastros de cemento portland en los costados completaban su vestimenta. Aparentaba ser octogenario, aunque los golpes de la vida agregan años a los sumados por el calendario. Albañil desde que tenía recuerdos, la falta de aportes a la seguridad social, mal aconsejado por los patrones de la época —para qué vamos a ponerte en caja, cuando llegue el momento se verá— no le había permitido disfrutar de la jubilación que se merecía. Siguió trabajando mientras las menguadas fuerzas de su cuerpo lo soportaron. Luego vino el trámite de la “pensión a la vejez”, que el Dr. Zelaya le gestionó, pagando como honorarios profesionales la retroactividad de diez meses que había recibido. Y el Dr. le había hecho precio, teniendo en cuenta que Julián fue uno de los trabajadores de aquella empresa de construcción que levantó los cimientos de su casa familiar.
Julián saludó con un leve movimiento de cabeza a Etelvina, quien no contestó. El calor y el murmullo, acentuado por un repetitivo ritmo de un reggaetón que sonaba insistente en los altoparlantes del comercio, le resultaron insoportables. Esa puntada en el pecho lo tenía preocupado desde hacía varios días. Había pedido una consulta médica en el hospital de la zona, obteniendo un turno para dentro de cuatro meses. La noche la había pasado mal, había dormido apenas. La arritmia y el dolor habían cedido en la mañana, y entonces Julián decidió comprar algunos alimentos. Desde que falleciera su esposa, había aprendido sobre las tareas del hogar. Sus escasos ingresos lo obligaron a elegir cuidadosamente los productos; supo de los cortes de carne más económicos, ignoró la calidad del aceite, buscó el vino más barato, aprovechó algunas ofertas.
El dolor en su pecho se acentuó. Julián se apoyó en el soporte de una góndola, justo frente a la cesta de cartón que lucía pomposamente carteles de “Todo a veinte”. El desenlace fue fulminante. Julián cayó pesadamente, arrastrando en su caída algunas latas de arvejas y porotos de manteca. Apenas tuvo tiempo de recordar su vida, de pensar en sus hermanos cuando hacían frente a la pobreza, aprendiendo todos el oficio de su padre, en su juventud, con su esposa, respirando pobreza, viviendo pobreza. La muerte le mostró fugazmente vanos recuerdos de la película de su vida que osciló siempre entre la escasez y la miseria. Quedó tendido cuan largo era. Con los ojos abiertos, incrédulos aún por lo repentino del suceso. Una mano pegada al pecho, la otra aferrada desesperadamente a un paquete de arroz, la cabeza entre los fideos y los potes de mermelada que acompañaron su caída, la cara salpicada por la harina derramada que intentaba ocultar el espectáculo. Un último estertor, una pierna que se estiró bruscamente y una inexpresiva lividez en el rostro terminaron de poner un marco tétrico a la escena. Por un momento, se produjo un silencio apenas disimulado por el reggaetón y el sonido de una lata de sardinas que no paraba nunca de rodar.
—¡Un médico, por favor! —se oyó gritar a alguien.
Etelvina arrastró su carrito de compras hasta la zona de ofertas. Corrió con su pie derecho una pierna de Julián, que en la posición en la que había quedado le interrumpía el paso, tomó una lata de tomates en conserva, a veinte pesos, y se dirigió raudamente hacia el sector de cajas.






