Eduardo Cervieri

¡PRESENTES!

(A Amelia Sanjurjo, casi madre)

Era lindo.
Ella me hablaba
día a día,
minuto a minuto.
Ella me hablaba, sí.
Yo lo sentía
no la veía
pero la sentía,
me gustaba escuchar su risa
mientras el calor de su mano tibia
se apoyaba amorosamente
en el vientre terso
cargado de esperanza.
Era lindo.
A veces nos acostábamos
cansados
por las trasnochadas
por las reuniones
por la esperanza.
Era lindo, sí,
pero un día nos trajeron la noche
y su risa se hizo grito
por el dolor
el miedo
por el espanto.
¿Qué pasa?
¿Adónde nos llevan?
¿Qué pasa?
¿Porqué está oscuro?
¿porqué el silencio?
¿Porqué no pude ser?
¿Porqué no pude ser?

Era lindo
tal vez, demasiado lindo,
por eso no nos dejaron,
porque era tibio y tierno
y ellos odian la ternura
y no permiten la tibieza.
Te quiero,
mamá.

Eduardo Cervieri

Rogelio Donato

Por Eduardo Cervieri

Rogelio Donato era, sin duda alguna, un hombre sin suerte. O más que eso, era un tipo de mala suerte. Uno de esos hombres que tienen un imán para atraer las desgracias, las calamidades, los infortunios o como se llame.

Y eso lo sabía todo el mundo: los vecinos, los parientes, los compañeros de la oficina. Y por supuesto, él mismo. Había aprendido a convivir durante toda su vida con ese sino y esa fama, y lo más curioso del caso es que a él no lo perturbaba. Y no por indolencia, sino por reconocimiento. Casi por agradecimiento, se podría decir. Es que la mala suerte lo había rescatado, de alguna manera, de la chatura de su vida, del anonimato.

Día a día su notoriedad aumentaba, y aunque la gente que lo conocía trataba de disimular la aprehensión que causaba, él se daba cuenta de todo y hasta disfrutaba abiertamente de las reacciones que provocaba.

Scroll al inicio