“¡Acción!”


Había que darle forma al programa, estructura, orientación. No queríamos leer la prensa así nomás, al aire. El programa tenía que ser de información y opinión, debíamos hacer nuestras propias crónicas, críticas, comentarios, dar información con color, tener varias secciones. Tenía que ayudar al oyente y orientarlo entre las carteleras.
¡Pavada de ambiciosos pretenciosos! Pero no estaba mal la lista de objetivos. Claro, también había que meterlos en veinte minutos. Parecía poco tiempo, pero minimizábamos el hecho de que eran al fin de cuentas, cien minutos semanales, un montón.
Veamos.
Un comentario de película u obra de teatro por día, como mínimo. Debía durar entre 3 y 6 minutos como máximo.
Noticias e información: unos 5 minutos.
Comerciales: 4 minutos (ni para tanto teníamos al principio).
Los viernes, cartelera de cines y teatros.
Había que intercalar todo para darle dinámica.
¡Pah!… ¿Cómo hacemos? ¿Qué más hacemos? ¿Cómo vamos a llenar de contenidos toda la semana?
Llenar la programación no había resultado trivial. Así, mal que nos pesara, hubo que ponerse a trabajar. En primer lugar obtener mucha información: el conocimiento es todo. Sacar noticias de los diarios, sí, pero no era suficiente ni lo mejor, porque en definitiva no aportábamos, solo servía para rellenar huecos. Claro, con la excepción de noticias muy importantes y de la actividad teatral que se nos hubiera escapado.
Para tener información inédita en el medio local, había que conseguir revistas de cine extranjeras (no teníamos fondos para pagar suscripciones). Entonces teníamos que obtenerlas en bibliotecas, embajadas, en las propias distribuidoras y así. También llegamos a las noticias internacionales (AFP, FP, Reuters) que llegaban por teletipo a los diarios y que éstos no publicaban por falta de espacio en sus páginas de espectáculos. De garrón, of course.
Con respecto a la cartelera, no queríamos leer los diarios solamente, así que comenzamos a construir nuestro propio fichero, por película u obra teatral, con datos técnicos y breve comentario de opinión. Empezamos por salas de estrenos cinematográficos y piezas teatrales en cartel, luego lo incrementaríamos con películas interesantes o importantes que aparecían en el circuito secundario y cine clubes (SODRE, Cine Universitario, Cine Club y otros). Y agregábamos una calificación: de excelente a “más o menos”; de las malas, la omitíamos, tampoco era cosa de pelearse con los distribuidores. Pero la audiencia enseguida agarró la onda, si la película no tenía calificación… podía perdérsela.
Los comentarios de películas y piezas de teatro, no nos preocupaban: hacíamos lo nuestro con cada espectáculo que veíamos. Inclusive, cuando el objeto en cuestión era de interés, lo hacíamos a dos y tres voces, en respetuoso diálogo, para quitarle el tedio y manteniendo la independencia de criterio de cada uno, lo que daba lugar a exponer visiones diferentes.
Así arrancamos. Luego de un corto período de pagar el derecho de piso, nos ganamos el derecho de ingresar en la categoría “prensa especializada” para las distribuidoras, obteniendo los ansiados carnets, cuponeras e invitaciones a las avant-premières, así como el envío regular de material de propaganda e información. Lo mismo ocurría con las compañías teatrales.
Otro cantar fue el aprendizaje de enfrentar al micrófono, al único micrófono que colgaba del techo, a manejar la voz y los tiempos, a coordinarnos con el operador y olvidarnos que, quizás, del otro lado, teníamos oyentes juzgándonos permanentemente. También aprendimos a pasar las “pruebas” y “bromas” del operador de turno, inevitables para los novatos, como en cualquier lugar de trabajo. Solo que aquí no había que caer estando al aire, con el micrófono abierto. ¡Ojo si estaba la luz roja encendida!
También había que preparar el material. ¡Diariamente! Había orden de no aflojar (perdón, esta frase se coló inadvertidamente). Pero lo logramos: el programa caminaba bien, aunque en lo económico nunca nos dio un mango, apenas para pagarnos una cena de vez en cuando, entre estreno y estreno.
Así que nos propusimos un nuevo desafío: hacer entrevistas en vivo. No era fácil, porque los invitados tenían que ir a la radio y tomarnos lo suficientemente en serio como para aceptar el compromiso. También tuvimos éxito con esta nueva sección. Pudimos llevar a muchos exponentes del teatro nacional, de la Comedia y del teatro independiente. Por citar algunos popes que nos visitaron: China Zorrilla, Alberto Candeau, Estela Castro, Blas Braidot y otros muchos. A algunos más de una vez, como China. Cuando iba ella se nos iba todo el programa, lo llenaba ella sola… y creo que se quedaba con ganas de hablar al final. Candeau era Don Alberto Candeau, imponía, como cuando estaba en el escenario. Siempre era Candeau. Daba la impresión que en cualquier momento se iba a poner a recitar “La Leyenda Patria”, o a representar a Artigas. Si a China le dabas un pie, te agarraba el cuerpo entero; con Candeau temblabas temiendo se te escapara una pregunta inadecuada, un comentario estúpido: te achicaba a pura presencia.
La tecnología proveyó otra oportunidad. Salían los primeros grabadores verdaderamente portátiles, a cinta (aunque pesaban más de 3 quilos y medio con las pilas, 6 de las grandes, puestas). El cassette no se había inventado aún, claro. Así que compramos uno –lo hicimos traer del exterior, acá el precio era exorbitante– y salimos a hacer mini entrevistas a los espectadores a la salida de funciones de cines y teatros.
Quizás inventamos al movilero, no sé a ciencia cierta. El hecho que la gente respondía bien, se paraba a conversar, opinaba. Algunos no hablaban pero se quedaban cerca, como sonseando y luego nos preguntaban donde iba a salir el reportaje. Resultó un buen marketing de captación de oyentes para el programa. Es cierto que buscábamos entre los espectadores que salían una cara conocida, actor o actriz de teatro (en las noches que no tenían función los podías encontrar comúnmente a la salida de una sala), o a una figura pública, sin despreciar a los anónimos.
Nos atrevíamos a todo. Agregamos la información y comentarios de Ópera, en cada temporada (teníamos un melómano en nuestras filas). Informamos con gran pesar del incendio del Auditorio del SODRE, el 18 de setiembre de 1971. Logramos grabar una entrevista con Mina, una cantante italiana que vino al Uruguay, en el lobby del Victoria Plaza Hotel. Hasta llegamos a incluir sesudos comentarios de un par de espectáculos circenses, de dos circos importantes de los que vinieron en aquellos años.
Aunque, ahora que lo pienso, quizás el principio del fin lo marcó un comentario que le hizo al dueño de la radio un amigo, de él claro: “Che, estos muchachos hablan siempre bien de las películas rusas!”… y estábamos en los comienzos de la dictadura.
¡Corten! Se imprime.
Las voces de Candilejas. Miguel Miró, Osvaldo Lorenzo, Luis Baietti, Juan Carlos Alvarez, Carlos Beiro. La composición del equipo fue variando a lo largo del tiempo. No todos permanecieron los siete años, pero cierto es que dejaron su huella.
Nota final. Las películas a las que se refería no eran rusas, en su mayoría, sí de otros países de Europa del Este. Venían muy pocas de esa procedencia. Y no hablábamos bien de todas, solo de las que merecían la pena por sus valores cinematográficos.
Carlos Beiro