Rogelio Donato

Por Eduardo Cervieri

Rogelio Donato era, sin duda alguna, un hombre sin suerte. O más que eso, era un tipo de mala suerte. Uno de esos hombres que tienen un imán para atraer las desgracias, las calamidades, los infortunios o como se llame.

Y eso lo sabía todo el mundo: los vecinos, los parientes, los compañeros de la oficina. Y por supuesto, él mismo. Había aprendido a convivir durante toda su vida con ese sino y esa fama, y lo más curioso del caso es que a él no lo perturbaba. Y no por indolencia, sino por reconocimiento. Casi por agradecimiento, se podría decir. Es que la mala suerte lo había rescatado, de alguna manera, de la chatura de su vida, del anonimato.

Día a día su notoriedad aumentaba, y aunque la gente que lo conocía trataba de disimular la aprehensión que causaba, él se daba cuenta de todo y hasta disfrutaba abiertamente de las reacciones que provocaba.

Seguramente por eso había elegido vestirse siempre de negro y usar un enorme paraguas todos los días del año, salvo los días de verano de sol radiante, que llevaba uno más chico, plegable, que metía en el portafolios.

Donde más se divertía era en el Banco, en la Sección de turno, ya que, en los últimos veinte años, había cambiado de oficina un centenar de veces, porque los compañeros y sobre todo los superiores hacían lo indecible por sacárselo de encima en cuanto podían. Y no precisamente porque fuera un mal empleado, ya que Rogelio cumplía cabalmente con sus tareas sino porque era insalubre tenerlo tan cerca. Lejos de molestarse por esa vida nómade dentro de la Institución, él se emocionaba cuando le llegaba el Memo de la oficina de Personal anunciándole el próximo traslado. Esa noche se iba a la casa con una cierta emoción y se acostaba preparando la entrada en su nuevo lugar de trabajo con la dedicación que un actor ensaya una escena antes del estreno.

Y al otro día se presentaba a sus nuevos compañeros con el paraguas grande (sin importarle que fuese enero y el sol abrasara), con su escaso cabello bien engominado, y con unas profusas ojeras que habían sido el resultado de una noche de vigilia preparando su «mise en scene». Tenía varios diálogos guardados en la manga para las primeras conversaciones, los cuales siempre le habían resultado muy efectivos. «Mucho gusto… ¿Antúnez me dijo?…¿No es nada de Mariano Antúnez?…era muy amigo mío el pobre…se murió de un síncope en el Registro Civil, justo el día que se anotaba para el casamiento…me acuerdo clarito porque yo le salía de testigo…» ó: «¿Siempre tienen prendido ese ventilador de pie? Son muy peligrosos…cuando yo trabajaba en el Archivo, a Galíndez uno de éstos le cortó dos dedos en una distracción…»

Y estos parlamentos los tiraba como al descuido, pronunciados con una voz gravísima, como salida más del estómago que de la boca. Esos primeros días en una nueva repartición eran los días más rescatables de su vida. A veces le costaba mantener la máscara lánguida e inmutable, y los ojos sin brillo, porque interiormente gozaba al ver cámo le daban la mano sin mirarlo a los ojos, como mantenían la izquierda apoyada en el escritorio por eso de «tocar madera», o como los más nuevos se encerraban en el baño para dilatar ese temido momento de la presentación.

De todas las secciones que había conocido -y eso que le quedaban muy pocas por conocer- la actual, Garantías, era la que más satisfacciones le había dado. Sería porque había muchas mujeres, y se sabe, las mujeres son más supersticiosas. Por eso no perdía oportunidad de alimentar su prestigio:

—»Martha, anoche soñé con usted…soñé iba bajando una escalera y… pero, no me haga caso…después de todo no era más que un sueño.»… —y la dejaba ahí.

—»Hoy me voy a ir un poco antes. Tengo que ir al Casmu a ver a un vecino que está en el C.T.I. «

—»Tengo que salir unos minutos. Le dejo la plata por su vienen a cobrarme del Ocaso. No me gusta atrasarme con la cuota. Nunca se sabe…hoy estamos y mañana…»

Sin duda que lo de él no era espontáneo ni intuitivo del todo. Era estudiado, elaborado. Pero eso sí, era auténtico. No era como esos políticos que durante la campaña tratan de demostrar lo que no son. Él era!!!. Era de verdad. Era un tipo que tenía mucha mala suerte. Pero como no era egoísta, la distribuía generosamente. «A mí la mala suerte no me persigue, nunca me persiguió. En todo caso me acompaña, va a mi lado. Incluso a veces se me adelanta y entonces soy yo el que va detrás de ella. ¿Qué le voy a hacer? Después de todo es una compañía, y como yo vivo sólo…». Cuentan que esa confesión la hizo una noche de invierno durante el velorio de un ex compañero jubilado. También dicen que dicha afirmación se la había hecho al finado, ya que todos los deudos habían abandonado el cuerpo del yacente, prefiriendo el frío en la vereda a la cercanía de Don Rogelio. Claro que, en estos casos, nunca se sabe a ciencia cierta cuánto hay de realidad y cuánto de leyenda.

Rogelio Donato vivía solo, con la única compañía de «Tito» y «Serrano», dos hermosos gatitos negros que compartían el apartamento.

—Les puse esos nombres en homenaje a Tito Lusiardo y Enrique Serrano. Es que a mí me gustaba mucho el cine argentino y una vez vi una película que me impactó. «Jettattore» se llamaba. ¿No la vio? —le comentó a Martha, la compañera que se había reintegrado dos días después, cuando le sacaron el yeso.

Un día notó algo raro. Veía como los compañeros se reunían en algún punto distante de la oficina y hablaban en voz baja. No era la primera vez que lo hacían, pero notó algo diferente en la actitud de todos. Pudo percibir como Gustavo, el cadete, recibía el dinero que le iban dando los demás y anotaba algo en un papel. Lo hacía con tal reserva y discreción que le hacía recordar a Antoñito cuando venía al mostrador a vender preservativos. No había duda: estaban haciendo una colecta.

—Gustavo —ordenó desde su escritorio—, venga un momentito.

El cadete se sobresaltó por el tono autoritario de su superior.

—¿Sí? ¿Me llamó Don Donato?

—Me pareció verlo reunido con los demás compañeros… ¿estaban haciendo una colecta?

—Bueno, la verdad… —el muchacho se puso pálido y empezó a tartamudear…la verdad es que…que…

—Si es para alguna corona…si pasó algo, ya sabe…cuente conmigo.

—No. No era eso. Pero si se muere alguno de nosotros le aviso… —dijo Gustavo tratando de zafar y volver a su escritorio.

—Como vi que estaba juntando la plata…y anotando…

El cadete tragó saliva y no tuvo otra alternativa que confesar.

—Es para el número. Para la Grande de fin de año que se juega el viernes…

— ¿Y cómo no me dijo nada? ¿No pensaría dejarme afuera? ¿Cuánto están poniendo?… —dijo mientras echaba mano a la billetera.

Gustavo estaba aterrado. Sabía que eso podía pasar. En ese momento se arrepintió de haber aceptado encargarse de organizar la compra del entero. Claro que no le habían dado mayor chance, ya que, toda la oficina le había recordado que era tradición en el Banco que el número tenía que elegirlo el más joven de la oficina y encargarse de la colecta. También le habían dicho hasta el cansancio que lo hiciera con el mayor disimulo posible para que Don Rogelio no se enterara y entrara en el colectivo…

— ¿Sabe que pasa, Donato?, me va a matar, pero me embarullé con la lista y como no lo vi…digo, lo vi pero no me acordé…me acordé sí, pero…cuando quise acordar estaba todo el dinero … y… y…

—¿Y?

—Que no queda más lugar —dijo en una sucesión de furcios.

— ¿Cómo? —dijo Rogelio fingiendo extrañeza.

—En todo caso…para el año que viene…para el próximo fin de año…-dijo el cadete que a esa altura era un saco de nervios y no se le ocurrió ofrecerle la posibilidad de entrar en la Revancha de Reyes.

Don Rogelio lo miró fríamente. Después hizo una larga pausa, golpeando rítmicamente con punta trasera la birome sobre el escritorio.

—Está bien. Vaya nomás Gustavo. Ya veremos…

El muchacho volvió a su escritorio como impulsado por un resorte. Cuando el «Mufa» cruzó a la panadería a comprar unas galletitas para el té, toda la oficina rodeó al cadete que contaba el mal momento vivido.

—En un momento estuve a punto de decirle que entrara, que le hacíamos un lugar…

—¡Te echo de la oficina!, le dijo el jefe .

—¡Dios libre y guarde! —dijo Martha masajeándose el tobillo que todavía le dolía un poco.

—Pero me aguanté en el molde —dijo Gustavo con orgullo.

Al día siguiente, Rogelio llegó a la oficina con quince minutos de retraso, lo cual era raro porque siempre supo ser una persona puntual. En su cara se notaba cierta sonrisa. Casi se diría que estaba alegre.

—Vengan todos un momento —dijo en voz alta. Todos se acercaron al escritorio con más curiosidad que recelo. Rogelio carraspeó para acomodar la voz, y dijo con su mejor tono ceremonial:

—Yo sé que hicieron una colecta para comprar un entero para el Gordo del viernes, y que, por error no me tuvieron en cuenta.

La mayoría quedó muda. Algunos, más osados trataron de hilvanar alguna excusa más o menos coherente…

—Bueno…lo que pasa…justo no estaba y…

—Si yo fuera un necio me enojaría, pero yo los conozco y sé que no lo hicieron de mala fe…que fue un error involuntario…

—¡Claro!…¡Por supuesto!…¡Nadie haría una cosa así por gusto! —se oyó.

—Me imagino que para todos ustedes es una contrariedad…

—¡Ni hablar!

—Porque si me hubiesen preguntado yo entraba. No me gusta quedar afuera. Yo siempre pongo para todo, para el café …para el diario…para todo.

—Lo que pasa es que ahora ya está. No se puede cambiar, dijo el jefe. Trae mala…mala suerte

—Sí., creo que lo dijo Nathan Yun —dijo el portero siempre con sus anacronismos.

—Otra vez será, dijo otro tratando de cerrar el tema.

—No se hagan problema —dijo Rogelio mientras abría el portafolios y sacaba un largo papel impreso a todo color—. Yo pasé por la Agencia y compré otro entero, así que todos ponemos unos pesos y tenemos otro número en el que entra toda la oficina. —Todos quedaron paralizados.

—Sin proscriptos —dijo con su mejor tono burlón—. El 1313, lindo número ¿no? —afirmó con convicción mientras desplegaba la tira mostrándola al auditorio.

—¡Lindísimo! —dijo el jefe resignado, dándole el dinero con la misma sensación que siente alguien cuando es pungueado en la calle. Y así fueron desfilando uno por uno con la plata en la mano.

Rogelio anotaba en un cuaderno nombre por nombre. Ahora no cabía duda. Estaba feliz.

El viernes toda la oficina estaba alborotada, como pasa en todos lados cuando faltan pocas horas para que se juegue un premio importante. Durante toda la tarde la rutina del trabajo se vio alterada por los infaltables planes para darle destino a la montaña de plata que tendrían a partir de esa noche.

—Yo cambio el auto. Me compro un “Accent”. color cereza que me tiene loco…

—Yo me compro una casa en la Rambla. Es un metejón que siempre tuve…

—Yo voy a ayudar a mi familia y a mis amigos. La reparto enseguida, mintió otro con generosidad…

— ¿Te imaginás cuando canten?:¡¡¡ Veintrés miiiil quinieeeentos diecinueeeeve !!!

Todos aplaudían y reían jugando a la esperanza.

—O el Mil trescientos trece —recordó Don Rogelio, casi pidiendo disculpas.

—¿Cuál? Ah…sí, claro…también, dijeron los demás por compromiso sin la menor convicción.

Esa noche, Rogelio Donato llegó a su apartamento, le dio de comer a los gatos, y cenó una pizza a caballo que había comprado en el bar de la esquina.

Después prendió la televisión para ver el informativo y enterarse de las desgracias del día, antes de irse a dormir. Cuando terminó el noticiero, empezó la transmisión desde la Dirección de Lotería. Bajó el volumen y se puso a ordenar la cocina. Cuando estaba atando la bolsa de basura para tirar por el ducto, lo interrumpe el sonido del teléfono. Del otro lado del tubo una voz desaforada le hablaba como alucinada, mezclando las palabras.

—Cómo? ¿No puede hablar más tranquila, Martha? No entiendo muy bien lo que me dice… ¿Cómo?…¿es una broma?…

Sin quitar el tubo del oído miró al televisor que mostraba el número favorecido con el premio mayor.

—¡Claro que lo tengo! ¡Cómo lo voy a perder!, dijo sin la menor emoción mientras desataba la bolsa de basura y retiraba el entero intacto aunque un tanto manchado… —Rogelio sintió como que perdía algo de su vida.

—Sí, voy para ahí. ¡Ay! perdone Martha, tengo que cortar porque dejé la cocinilla prendida sin nada arriba y se me está quemando la cortina…Perdone, pero tengo miedo de hacer un incendio…

—¡¡¡El número!!!. El aullido de la mujer escapó por la bocina del tubo.

Rogelio cortó. Dejó el número sobre la mesada de mármol y se dispuso a poner agua en la caldera para prepararse un té de manzanilla, como todos los días después de cenar. La dejó sobre el fogón, giró la perilla del gas, encendió un fósforo e hizo un torniquete con el papel de colores para prender la cocina.

Luego se sentó tranquilamente a esperar el silbato de la caldera…

Luego, con el fósforo aún encendido, tomó el número con la mano izquierda y lo acercó al fuego.

Miró ese papel impreso y pensó en toda la plata que le tocaba, dudando do si era tanta como para perder su segundo apellido

Eduardo Cervieri

1 comentario en “Rogelio Donato”

  1. Excelente cuento costumbrista, con un desarrollo del personaje perfecto y un final totalmente inesperado. ¿Quién no tuvo, en su trabajo, de oficina, de mostrador o de operario, un compañero al cual le pasaban las cosas más inverosímiles? ¿Y que por esa serie de acontecimientos, lo tildábamos sin más de yetatore o bicho de mal agüero? La fina pluma de Eduardo nos describe al personaje desde su interior, donde la aceptación de su mala suerte le permite vivir su infortunio con resignación, de tal forma que nos produce ternura leerlo.

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