CANDILEJAS

Nota importante: Quizás no todo sea estrictamente verdad, la memoria se entusiasma, colorea los recuerdos y rellena los baches, mas sí lo esencial.

Once upon a time…

Un grupo de jóvenes disfrutaban su pasión por el cine. Espectadores atentos, gustaban reunirse a analizar, desmenuzar, alabar, despachurrar, discutir, cada película que tenían oportunidad de ver. Habían dejado atrás la mirada admirada de adolescentes de cines de barrio (cuántas historias de esas entrañables salas) para pretender saber: ver mucho cine, leer mucho sobre cine, consumir, para asentir o disentir rabiosamente, con pasión, cada película que los entusiasmaba. También leer (asentir o disentir), a los críticos de los diarios de la época, sin olvidar al semanario Marcha, naturalmente.

Ver teatro, claro, cómo no. La Comedia Nacional, El Galpón (que todavía estaba en la calle Mercedes), El Circular, Club de Teatro que tenía su sede en la calle Rincón… pero el cine, en una ciudad que recibía más de 300 estrenos por año, se llevaba la mayor atención.

¡Y qué grandes maestros enseñaban (o habían enseñado) desde las páginas de espectáculos! Por citar a unos pocos: Emir Rodríguez Monegal, Antonio “Taco” Larreta, Hugo Alfaro; y jóvenes discípulos que podrán aparecer más adelante, si el lente de los recuerdos hace zoom en ellos.

Las reuniones podían ser en casa de unos o de otros, más habitualmente en el boliche del barrio —o afuera, en la vereda— pero las más recordadas, en una cervecería que estaba en La Pasiva de la Plaza Independencia. “De los alemanes” le decían, porque se hacía famosa por la particular mostaza con la que se embadurnaban los frankfurters, que aún no se llamaban “panchos” y, mucho menos, “hot dogs”. Lugar de convergencia a la salida de las salas céntricas de estrenos, donde, además de las extensas discusiones, quedábamos pipones de cerveza y frankfurters (húngaras, de vez en cuando).

No todos participaban de todas las tenidas, ni los bolsillos permitían acceder a todos los estrenos… ni a las charlas en la cervecería. Así que, un poco en broma, un poco en serio, comenzaron a gestarse ideas alrededor del meollo económico: Che, ¿cómo hacemos para conseguir entradas de vez en cuando? ¿Cómo hacemos para poder concurrir a las “avant-premières”, bastante comunes en esa época cuando las distribuidoras traían películas que consideraban importantes, para crítica y público especializados.

Un par de los cofrades, aspirantes a periodistas y vinculados a la redacción de un diario, conseguían muy de vez en vez, alguna entrada. Conocían, aunque de lejos, los mecanismos para acercarse a las distribuidoras. Recordatorio: las distribuidoras tenían sus propias salas, cadenas de salas o acuerdos con exhibidores independientes, Metro Goldwind Mayer y el Cine Metro, en San José y Cuareim, a modo de ejemplo.

Las distribuidoras cinematográficas emitían unas chequeras para la prensa especializada, unas cuponeras con vales para 2 personas, con las que se podía acceder a las salas de estreno; de la misma forma, las compañías teatrales dejaban siempre en boletería las invitaciones para los estrenos. Para nosotros… el caldero de oro al final del arco iris.

Y de ahí el salto… Che, ¿y si hacemos un programa de radio? Un programa de espectáculos, crítica y comentarios de cine y teatro, cartelera, entrevistas, etc. Nos lanzamos sobre ese sueño, a conseguir un espacio en radio, que se arrendaba; lo más difícil, conseguir patrocinadores que, por lo menos cubrieran los costos del arriendo. Naturalmente, ponerle nombre al programa nos llevó horas de discusiones. Armar la estructura, el guion general del programa y todo lo demás.

Se logró acuerdo con radio Fénix, en la calle Río Branco entre 18 de Julio y Colonia en ese entonces, años después se mudó a la Calle Canelones casi Jackson, mudanza que acompañamos. Fue una relación de siete largos años, con muchos cambios en las condiciones comerciales y en los horarios. Una relación casi siempre muy amistosa, una radio que nos albergó (a esta manga de caraduras), que nos protegió siempre pese a los cambios de dueño. Hasta que —daño colateral de la dictadura— les resultó molesto tener que andar explicando (a los muchachos) que se trataba de un programa cultural que no hacía daño a nadie.

Gracias a contactos comerciales de nuestros padres, logramos convencer a algunas empresas a pautar con nosotros, lo suficiente para costear el programa y algunos gastos menores.

Teníamos la base: un espacio, de lunes a viernes desde las 11:30 hasta que comenzaba la Cadena ANDEBU, entre 11:50 y 11:55. Sensacional. Horario final de la mañana y conveniente para varios de nosotros, que éramos empleados bancarios. Luego fuimos creciendo en tiempo de duración, a partir de 11:15, a partir de las 11:00… a esas alturas la radio (casi) nos cedía el espacio, por cariño sí, y también por interés genuino: éramos el único programa de ese tipo en la época porque daba cierto lustre cultural.

Pero el nombre… cuántos dolores de cabeza nos dio encontrar el nombre, cuántas discusiones, horas tirando opciones, ninguno nos convencía, porque eran largos, porque eran obvios, porque no tenían “punch”, en fin. Debemos haber tirado setenta u ochenta nombres diferentes.

Al fin “toma ochenta y pico… luz… ¡corre cámara!”, para nosotros significaba un homenaje al espectáculo en general, un homenaje a un gran creador, que recorrió desde el varieté al cine, un homenaje a una gran película (y también un poquito de cansancio, el proceso había durado muchas horas): Candilejas.

“¡Acción!”.

Quizás… To be continued.

Carlos Beiro

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