Tarjeta de propaganda del programaGrabador Sanyo de cinta magnética, usado por los integrantes del programa
Había que darle forma al programa, estructura, orientación. No queríamos leer la prensa así nomás, al aire. El programa tenía que ser de información y opinión, debíamos hacer nuestras propias crónicas, críticas, comentarios, dar información con color, tener varias secciones. Tenía que ayudar al oyente y orientarlo entre las carteleras.
¡Pavada de ambiciosos pretenciosos! Pero no estaba mal la lista de objetivos. Claro, también había que meterlos en veinte minutos. Parecía poco tiempo, pero minimizábamos el hecho de que eran al fin de cuentas, cien minutos semanales, un montón.
Dirección, Historia original, guión, producción, música, coreografía: Charles Chaplin.
Elenco: Charles Chaplin, Claire Bloom, Buster Keaton, Nigel Bruce, Sydney Chaplin, Norman Lloyd.
Cuenta la relación entre un veterano comediante venido a menos y una bailarina de ballet con intentos suicidas que se unen para encontrar un propósito y esperanza en sus vidas. También el encuentro de dos viejos grandes comediantes, que interpretan Chaplin y Buster Keaton, frente al paso del tiempo y al fin de sus carreras.
Situado en Londres 1914, previo al comienzo de la Primera Guerra, Chaplin vuelve al territorio de sus inicios. Relato con mucho de autobiográfico, con algunas referencias a su propia realidad en la sociedad norteamericana.
Chaplin estaba unido a Oona O’Neil – hija del gran dramaturgo Eugene O’Neil – varias décadas más joven que él, con quien tuvo varios hijos. Relación fuertemente rechazada por la hipócrita sociedad norteamericana.
Curiosamente (o no) en la película trabaja su hijo mayor, Sydney, pero también en papeles de extras sus hijos chicos Charles Jr., Geraldine, Josephine y Michael. Así como Oona, que también dobla, en una escena, a Claire Bloom. Excepto Sydney ninguno figura en los créditos del film.
Esta sería la última película rodada en Estados Unidos de Chaplin. Desde un tiempo atrás el Comité de Actividades Antinorteamericanas lo perseguía ferozmente, lo citó a declarar y tachó de comunista.
Por este motivo la película fue retirada de las pantallas estadounidenses poco después de su estreno y prohibida su exhibición. Chaplin, que había viajado a Londres a promocionar el estreno de esta misma película, se enteró que le habían retirado la visa y el permiso de reingreso a los Estados Unidos. Por ende, se convirtió en un exiliado político. Charles Chaplin se fue a radicar a Suiza.
Con el tiempo hizo dos películas más, de producción británica (Un Rey en Nueva York y La Condesa de Hong Kong).
Candilejas recibió un Oscar a la mejor banda sonora… ¡En 1973! Después de proyectarse en Los Angeles, requisito que le permitió ingresar seleccionada a los premios Oscar. Tuvo 4 nominaciones más. La música de la película, compuesta por el propio Charles Chaplin, es considerada una de las mejores partituras en la historia del cine.
Para leer más sobre Charles Chaplin y Candilejas se recomienda dirigirse a Wikipedia. Es muy completo el material sobre vida y obras cinematográficas.
En el año 1969, el grupo californiano Creedence Clearwater Revival edita un álbum llamado Willy and de Poor Boys. Este disco es especial en la producción del grupo, ya que integraron canciones tradicionales como Cotton Fields (Campos de Algodón) y, en la cara B, la legendaria Midnight Special (El Especial de Medianoche).
El 31 de diciembre del año 2016 fue un largo día. Efectivamente, ese día hubo un minuto de 61 segundos. Los relojes marcaron la hora 23:59:59. Un segundo más tarde, serían las 23:59:60. Y finalmente, un segundo después de esta “hora rara”, se pasó a las 24:00:00, o cero hora del día siguiente. La razón: fue la fecha marcada por la IERS (International Earth Rotation Service) para compensar las diferencias producidas por pequeñas alteraciones en la velocidad de rotación de la tierra debidas a las mareas, terremotos y otras alteraciones físicas, con los relojes atómicos que se toman como medida oficial del tiempo.
El timbrazo resonó como un trueno. Cacho se sobresaltó, «nunca falla» pensó… carajo, miró a la Mirta que dormía con la cara hacia la pared y decidió levantarse lentamente, sin ganas como todos los días. Las cosas con su mujer no estaban bien, la falta de plata, y la bebida, eran los temas de las continuas peleas… tenía que tomar una decisión. Puso a hacer café y se dirigió al baño. Abrió el grifo de la ducha y el agua le golpeó la cara bruscamente. Entonces despertó Y pensó, «mierda…» tenía razón el Lucho, el alero era corto y si se largaba a llover, no los taparía. Entonces tomó una decisión… Estiró el nylon y los cartones y siguió durmiendo.
Y al tipo se le pasó la hora en el boliche. Y no es que fuera un mal tipo, ni siquiera un borrachín al que no le dura ni cinco días el sueldo. No, era un tipo de lo más normal. Tan normal, que había llegado a un acuerdo con la patrona. Una especie de límites horarios, los cuales no debían ser violados para evitar las consecuencias. Llegada antes de la medianoche, ningún problema. Después de la medianoche, y antes de la una, reproches y abstinencia sexual de tres días. Con aumento de la pena de un día adicional por cada media hora de retraso. Llegada después de las cuatro de la mañana, y luego de los gritos de rigor, a dormir afuera.
Rogelio Donato era, sin duda alguna, un hombre sin suerte. O más que eso, era un tipo de mala suerte. Uno de esos hombres que tienen un imán para atraer las desgracias, las calamidades, los infortunios o como se llame.
Y eso lo sabía todo el mundo: los vecinos, los parientes, los compañeros de la oficina. Y por supuesto, él mismo. Había aprendido a convivir durante toda su vida con ese sino y esa fama, y lo más curioso del caso es que a él no lo perturbaba. Y no por indolencia, sino por reconocimiento. Casi por agradecimiento, se podría decir. Es que la mala suerte lo había rescatado, de alguna manera, de la chatura de su vida, del anonimato.
Día a día su notoriedad aumentaba, y aunque la gente que lo conocía trataba de disimular la aprehensión que causaba, él se daba cuenta de todo y hasta disfrutaba abiertamente de las reacciones que provocaba.
En uno de los tantos viajes que hice al paisito por tierra durante los 35 años que viví en Argentina. Venía por la ruta 1 cuando de repente veo pasar una sombra por el lado de la banquina. Cuando la sombra ne pasó ( yo venía a 100 km hora, los porteños me pasaban como si estuviera detenido pero esa sombra que se perdió a lo lejos, parecía un animal e iba en el mismo sentido que yo pero por la banquina.
Viendo a un excelente bailarín me vino al recuerdo en mi adolescencia, entre los 14 y 15 años cuando nos reuníamos en casa de la nona de Angelita, una de las chicas de la barra de amigos para practicar pasitos de baile sobre la mesa en la cual la Nona hacía los tallarines de la clásica reunión dominguera familiar y los ponía a orear. Como el ensayo sobre la mesa era de Rock and Roll (época Elvis Presley obviamente necesitábamos una mesa grande.
En un lugar que no tiene un río que lo bendiga hay un caudal que va y viene ofreciendo su agua amiga.
Ha sido un río su escuela y sus niños un torrente que bullicioso revela las bondades de su gente
que hace poesía con la prosa de la vida cotidiana llena de amor por sus cosas.
Escuela-río y lugar, que al nacer cada mañana han de volver a empezar.
Noviembre 2007
Ese soneto nació en un momento muy especial, que traté de explicar en esta carta que le envié a Carlitos Melazzi, con el que hemos compartido tantas cosas que ni él ni yo podríamos recordarlas todas.
Querido Capitán: El mismo día en que recibí el primer aviso de los 100 años de la Escuela Nº 9 – fue el 30 de septiembre pasado – nació ese soneto de homenaje personal a esa inolvidable Casona de patio grande, a la que yo iba a jugar en el horario de clase como alumno, y a cualquier hora como amigo de Franklin.
Allí, Doña Lilí, madre de Franklin y emblemática Directora de la Escuela, nos invitaba con algo y nos daba consejos, mientras cuidaba a César que era más chico. Algunos años después aparecería Cristina, para completar la familia del Flaco Cendoya.
Y, así como salió, ese soneto quedo guardado.
En todo este tiempo me han vuelto a la mente varias veces los recuerdos de aquellos años de la infancia cardonense; los rostros queridos de mis maestras (María Esther Vaneiro de Rodríguez que tuve en segundo año, fue mi primera maestra en la Escuela Pública, porque yo hice Jardín y Primer Año en el Colegio de las Hermanas; ella me marcó con su bondad, además de hacerme creer que era muy inteligente. Quita Silva, también inolvidable, fue mi maestra de Tercero; Joaquina Apezteguía, fue mi maestra de Cuarto hasta mitad de año, porque justo ahí se jubiló y a mí me gustaba decir que cuando me tuvo como alumno se sintió realizada y se jubiló; en lugar de Joaquina vino una maestra jovencita de Mercedes, recién recibida, era una morocha preciosa y creo que era de apellido Bértola – no estoy seguro – ; en quinto tuve a Doña Graciela Fernández, la madre de Pimpina, y en sexto a la que recuerdo cada 22 de Julio, que es el día de su cumpleaños: Lidya Bordagorry, entrañable, temperamental, sencillamente admirable. Con ella preparamos los festejos del Cincuentenario en 1953, con trabajos en madera calada y con ella también aprendí a encuadernar; encuaderné un «Tabaré» que era de ella y cuando lo terminé me dijo: “Winston, quedó precioso, pero no te lo puedo regalar porque es uno de los libros que más quiero”.
Por supuesto que, además de Franklin, también he estado «viendo» desde el corazón (etimológicamente, recordar es volver a pasar por el corazón) las caras de aquellos compañeros y compañeras con los que compartíamos clases y recreos: El Chueco Rey, el Pocho Straneo, Pimpina Zaugg, Susana Romero – “la Gallega Ventarrón” que revolucionaba toda la clase con su túnica almidonada y sus trenzas – Gloria Silva que cumple el mismo día que yo, el Gordo Peña, Oscar Gerber, Pedro Heber…
Lo guardé al soneto porque me parecía muy poca cosa. Además de las limitaciones propias de un «versero de pueblo», es tarea imposible meter en los 14 versos de un soneto todo lo que uno quiere transmitir.
Pero hoy sentí la necesidad de compartir esa idea que surgió y que me gustó mucho, que es pensar que nuestra vieja y querida Escuela Nº 9 ha sido para Cardona “el río que la naturaleza no le dio”.
Y la verdad que, si lo miramos así, tendríamos que estar muy agradecidos del «Río que nos tocó».
A esta hora todavía deben estar festejando en el también inolvidable Centro Democrático.
El abrazo de siempre, y como en aquellos tiempos de la túnica y la moña.